(English version below)

Mónica Álvarez Careaga / PITAS, LAMPS & SHOPPING CARTS.

La pintora Cristina del Campo (Riosapero, Cantabria, 1981) obtuvo el Premio de Artes
Plásticas del Gobierno de Cantabria correspondiente al año 2010 con una obra titulada
“Pita”, una intrigante representación vegetal que significa –además de este afortunado
reconocimiento público– un momento de cambio en la evolución pictórica de su autora que,
a partir de sus investigaciones de doctorado sobre la naturaleza muerta, ha centrado su
interés en el objeto, en su representación mediante la pintura, en su capacidad para
estructurar la superficie pictórica y en su fuerza comunicativa.
Desde estos planteamientos temáticos y compositivos, la poética de Cristina del Campo
puede rastrearse hasta el conflicto entre abstracción y decoración que ha caracterizado
una parte del arte del siglo XX. En cierto sentido, cabe analizar sus obras de los últimos
tres años como un alejamiento de una inicial fase masculina de la naturaleza muerta de
origen cubista, sustituida, cada vez más, por una pintura asimiladora de múltiples aportaciones
que exhibe una ética sincrética y otorga mucha importancia a la línea como factor compositivo.
Entre las citas presentes de manera oblicua destacan las investigaciones de la pattern
painting americana, una superposición de estampados y motivos que recuerda la repetición
característica de las labores tradicionalmente realizadas por las mujeres como la costura o la
cerámica. Lo que Mirian Schapiro propuso como femmage, la inclusión de todas las técnicas
parapictóricas: collage, assemblage, fotomontaje, bordado, piercing, etc. en un nuevo
discurso se resuelve sólo pintando, aludiendo a los resultados que estas novedades técnicas
integraron en la pintura, tales como las superposiciones de figuras, las transparencias, los
choques visuales y los cambios de perspectiva y escala. Pintura por tanto que alude a todo lo
demás: al diseño, a la arquitectura y a la creación editorial. Pintura que bebe de todas partes:
de los grafitti callejeros, de los muestrarios profesionales o de las revistas de tendencias,
entre otros muchos yacimientos de imágenes contemporáneas.
Esta amalgama de recursos e influencias sitúan el trabajo reciente de Cristina en el centro de
lo que Hal Foster afirmaba en “Diseño y delito”, como una tendencia de decorativismo extremo
caracterizada por la estetización de todos los objetos. El diseño se ha convertido en el factor
fundamental del aprecio que vertimos hacia los objetos, de modo que tendemos a separar su
funcionalidad a un ámbito irrelevante y destacamos su carácter abstracto, su apariencia.
La selección de los objetos que aparecen en estas obras se debe únicamente a sus
características formales y éste es el motivo por el que esta pintura se acerca cada vez más a
la abstracción, se independiza de su contenido literario y busca funcionar sólo en el ámbito
plástico.

Muestrarios
La obra de Cristina del Campo –véase en la colección de cuarenta pequeños cuadros que
componen la pieza Bajo Techo, 2010-2011– recuerda en ocasiones a los antiguos libros
ilustrados usados en la formación y práctica de los oficios profesionales, repertorios de
pavimentaciones, estructuras, cimientos, mobiliario, cubriciones de edificios, obras de ingeniería.
Pero, frente a la normatividad estricta, al catálogo cerrado de posibilidades, la pintora propone
una performatividad que abra nuevas vías de significación, en la idea que propuso la filósofa
posestructuralista Judith Butler, la necesidad de invertir las prácticas discursivas dominantes,
de reconocer las capacidades del cuerpo y el lenguaje, de involucrarnos completamente en
nuestra capacidad creativa, de asociarnos al mundo e influir en su diseño.
La serie Lámparas, 2010-2011, ilustra estas ideas con claridad, presentando al espectador la
idea inicial de un juego que debe completarse, provisto de unas instrucciones insuficientes. Las
lámparas, trazadas mediante líneas, perfiles que permiten ver los irreales espacios interiores
que alumbrarían en caso de ser reales son objetos suspendidos, descontextualizados. Son
estructuras, entramados de líneas rectas y curvas. Al modo de lo enunciado por Paul Valéry,
la obra de arte tiene la capacidad para poner la realidad en suspensión.

Carritos de la compra
También el diseño de las obras integrantes de la serie titulada Shopping carts (New York pieces),
2011, es fragmentario y alusivo y se ha gestado durante una larga estancia de la artista en
Estados Unidos en la que recogió numerosos temas y motivos con la idea de recrearlos más
tarde.
Interesado en una revisión de las utopías modernistas, este trabajo sobre las arquitecturas del
consumo y el placer que ejemplifican los centros comerciales americanos exhala el aroma de la
obsolescencia programada que estos espacios proclaman. Las lujosas lámparas, los entramados
metálicos, los balcones con guirnaldas y las escalinatas hablan de una monumentalidad de
pacotilla, de fiestas infantiles de cumpleaños, de una sociabilidad consumista y estetizada. Son
espacios que provocan experiencias superficiales de bienestar, colores agradables, diseños
fáciles… El arte, defiende el crítico Ángel González, es por encima de todo, una experiencia
sensorial.

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The painter Cristina del Campo (b. Riosapero, Cantabria, 1981) received the 2010 Cantabrian
Government Plastic Arts Prize with a piece entitled Pita, an intriguing plant-life depiction which,
in addition to this earning her this public recognition, marked a turning point in the artist’s pictorial
development. In the wake of her doctoral research into the still life, she has focused her interest
on the object - its representation through painting, its ability to structure the pictorial surface and
its communicative power.
From these thematic and compositional perspectives, Cristina del Campo’s poetics can be traced
to the conflict between abstraction and decoration which characterised much of twentieth
century art. In a sense, her works of recent years can be viewed as a distancing from an initial
masculine phase of the still life of cubist origin, increasingly replaced by painting that assimilates
multiple contributions, exhibiting syncretic ethics and attaching a great deal of importance to the
line as a compositional factor.
The indirect references include examinations of American pattern painting, a superimposition of
patterns and motifs that recalls the repetition typical of the work traditionally done by women,
such as sewing or ceramics. The concept that Miriam Schapiro conceived of as femmage, the
inclusion of para-pictorial techniques: collage, assemblage, photomontage, embroidery, piercings
etc. in a new discourse, is resolved solely through paint, alluding to the results that these
innovations entailed in painting, such as the superimposition of figures, transparencies, visual
shocks and changes of perspective and scale. It is painting therefore that alludes to everything
else: to design, to architecture and to editorial creation. It is painting that feeds from everywhere:
street graffiti, professional sample books or fashion magazines, among many other sources of
contemporary images.
This amalgam of resources and influences positions Cristina’s recent work at the centre of what
Hal Foster described in Design and Crime as an extreme decorative trend characterised by the
aestheticisation of all objects. Design has become the fundamental factor in our appreciation of
objects, so that we tend to separate their functionality to an irrelevant sphere and focus on
their abstract character, their appearance.
Her selection of the objects that appear in these works is based solely on their formal characteristics,
which is why this kind of painting is moving closer and closer to abstraction, becoming independent
from its literary content and seeking to function by itself in the plastic sphere.

Sample books
The work of Cristina del Campo (see the collection of forty small paintings that make up the piece
Bajo Techo, 2010-2011) is sometimes reminiscent of the old illustrated books used in training and
practice in professional trades: repertoires of paving, structures, foundations, furniture and fittings,
roofs, engineering works. But defying strict regulations, the closed catalogue of possibilities, the
painter proposes a performativity that opens up new channels of meaning in the idea put forward
by the post-structuralist philosophy of Judith Butler: the need to invert the dominating discursive
practices, to acknowledge the abilities of the body and language, to involve ourselves completely
in our creative capacity, to associate ourselves with the world and influence its design.
The Lámparas series, 2010-2011, illustrates these ideas with clarity, introducing viewers to the
initial idea of a game that must be completed, though insufficient instructions are provided. The
lamps, depicted using lines, profiles that reveal the unreal inner spaces that would be lit up if they
were real, are suspended, decontextualised objects. They are structures, meshes of straight lines
and curves. As propounded by Paul Valéry, the work of art has the capacity to suspend reality.

Shopping carts
The design of the works that make up the series entitled Shopping carts (New York pieces), 2011,
is also fragmentary and allusive. It was conceived during the artist’s lengthy stay in the United States,
when she collected numerous themes and motifs with the idea of recreating them later on.
Interested in examining modernist utopias, this work on consumer architectures and the pleasure
encapsulated in American shopping malls exhales the aroma of planned obsolescence that these
spaces proclaim. The luxurious lamps, the metallic grids, the balconies with garlands and the
staircases speak of a trashy monumentality, of children’s birthday parties, of a consumerist and
aestheticised sociability. They are spaces that create superficial experiences of well-being,
pleasant colours, easy designs... Art, the critic Ángel González argues, is first and foremost a
sensory experience.

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(English version below)

Luis Alberto Salcines / VERNISSAGE VEGETAL.

Cristina del Campo (Riosapero, Cantabria, 1981) pertenece a las jóvenes generaciones de
creadores de Cantabria que se han dado a conocer en la última década.
Curiosamente, artistas emergentes femeninas. La irrupción de la mujer en todos los ámbitos
de la sociedad abandonando el territorio de lo privado al que las costumbres androcentricas
y conservadoras les había reducido para tener un protagonismo en la esfera pública y dejar
de ser invisibles, en el campo de la creación ha sido muy notorio. Y en Cantabria de una forma
muy evidente.
Se trata de jóvenes creadoras que se forman en unas renovadas Facultades de Bellas Artes
en las que imparten su docencia profesores que a la vez son también creadores. El resultado
de ello es que cuando realizan sus primeras exposiciones demuestran una información y una
riqueza técnica y conceptual muy sólida debido al aprendizaje académico, por más que luego
se distancien de él o le manipulen.
Cristina del Campo se formó en la Facultad de Bellas Artes de Salamanca, y a esa ciudad ha
estado vinculada artísticamente en sus comienzos expositivos. Su primera muestra individual
tuvo lugar en el museo de Mateo Hernández de Béjar en 2004. Después ha participado en
numerosas colectivas por la región castellana y obtenidos diversos premios. Uno de ellos es
el que ha propiciado la muestra que ahora presenta.
Sus estudios en la citada facultad, ampliados más tarde en la Complutense madrileña,
dirigieron probablemente su práctica del arte. Si bien inicialmente tuvo una inclinación por la
escultura, se decantó finalmente por la pintura. En eso se diferenció claramente de una gran
parte de los artistas de su generación. La mayoría de ellos, curiosamente de un modo especial
las mujeres, se orientaron más por los medios audiovisuales, vídeo y fotografía principalmente.
Cristina del Campo se afirmó en la pintura integrándose en esa corriente de artistas plásticos
que está consiguiendo recuperar la pintura de la marginación a la que en los últimos años se la
había sometido. Ellos quieren subrayar que la pintura no ha muerto.
Vernissage vegetal, título de la exposición que ahora presenta, es un canto a la pintura. Y un
canto a dos de sus géneros más clásicos, el paisaje y la naturaleza muerta. Cristina del Campo
ofrece una visión dual en la que juega con los dos espacios, el exterior y el interior. El interior
de una casa, que remite a un ámbito familiar, íntimo, y la celebración en torno a una mesa con
los elementos que definen ese espacio. Es el vernissage, los ritos de la celebración. Por otro
lado, fija el paisaje exterior, lo que se ve al otro lado de la ventana. Es lo vegetal.
El tratamiento que hace de cada de los dos ámbitos es transversal. Las mesas y los objetos
que se acumulan sobre ellas, que en unos casos esperan a sus invitados, en otros ya los
reúne, son abordadas como si de un paisaje se tratase. Realmente son un paisaje interior. Por
el contrario, los espacios que están en el exterior, al otro lado de la ventana, las vegetaciones,
tienen un tratamiento como si fuesen un estampado artificial, decorativo de un interior. De ahí
la repetición de formas y motivos geométricos.

La composición y el cromatismo de los paisajes interiores, como si de bodegones se tratase,
me recuerdan a las atmósferas del pintor cántabro Pancho Cossío por sus veladuras.
Los paisajes exteriores están inspirados en diferentes lugares geográficos. Los hay castellanos,
canarios y de su tierra norteña. Lógicamente, los colores y las formas sugeridas que aparecen
en ellos están condicionados por su lugar de referencia. Algunas de sus obras quedan al borde
de la abstracción. Las masas de color y los trazos decorativos rotulan el terreno en los paisajes
y fijan la composición de sus vernissages. Y es ahí donde supongo Cristina se deja llevar por
el placer de la pintura y permita que aparezcan las huellas del proceso de la pintura. A ello quizás
se refiera cuando afirma: “Hay un empleo intencionado y añadido de una especie de “suciedad”
pictórica sobre algunos de los cuadros con una intención de no ocultar lo propio de la pintura,
sino de mostrarlo, que es algo que plásticamente me ha interesado mucho en algunas de las
obras”.
Las piezas de pequeño formato, están presentadas formando políticos de unidades variables.
Una manera de potenciar conjuntamente la sutileza de lo individual.
Cristina del Campo con esta exposición en la que exhibe obras correspondientes a los dos
últimos años de trabajo, revela una dicción propia, al mismo tiempo que el dominio técnico y la
riqueza conceptual, la madurez que ha adquirido en su corta trayectoria artística dada su
juventud, pero intensa por su vitalidad e inquietud pictórica. Algo hay en sus óleos que transmiten
al espectador verdad y confianza en el proceso creativo. Sin duda alguna, Vernissage vegetal
nos provoca el deseo de ver sus próximos pasos creativos.